Me dijeron que Vinicunca era «la foto más linda de Perú». Lo que nadie me dijo es que para llegar ahí tienes que madrugar en la oscuridad, caminar con los pulmones a medio gas y convencer a tus piernas de que sigan cuando ya no quieren.
Llevaba dos días en Cusco aclimatándome. O eso creía. La altitud es tramposa: te deja dormir, te deja comer, incluso te deja caminar por la Plaza de Armas como si nada, y luego te cobra todo de golpe cuando subes a más de 5,000 metros.
La salida en la oscuridad
El teléfono vibró sobre la mesilla. Afuera, la ciudad dormía. Me puse tres capas de ropa intentando no hacer ruido y bajé a recepción, donde el guía ya esperaba con un termo de té de muña y una linterna frontal prestada.
El camino hasta el punto de inicio tarda casi dos horas en carro. Dormí la mitad del trayecto con la frente pegada a la ventana, viendo pasar comunidades andinas iluminadas solo por una que otra bombilla amarilla.
“¿Primera vez que subes a más de 5,000?”
Sí. ¿Se nota? —le pregunté. Se rio, pero no respondió. Eso me preocupó un poco.
El camino que no esperaba
La subida oficial dura entre 45 minutos y una hora y media, dependiendo de cómo te lleve la altura. A mí me llevó mal. Al cuarto de hora, el paso se me acortó solo. No era cansancio muscular — era como si alguien hubiera reducido la cantidad de oxígeno en el aire sin avisarme.
Hay algo extrañamente humillante en tener que parar cada diez pasos en un camino que la gente local recorre corriendo. Y al mismo tiempo, algo liberador: la montaña no te juzga. Solo existe.
Wilber caminaba a mi lado sin apurarme. En algún momento sacó una hoja de coca del bolsillo y me la ofreció sin decir nada. La mastiqué durante veinte minutos. No sé si fue psicológico, pero el dolor de cabeza bajó un poco.
Cuando llegué arriba
Llegué sin saber exactamente cuándo había llegado. De repente, el camino se aplanó y la montaña apareció entera frente a mí. Roja, verde, blanca, amarilla. No dije nada. Creo que no pude.
Había una pareja de japoneses que se abrazaban en silencio. Una mujer peruana de unos sesenta años que había subido en mula rezaba en voz baja. Wilber sacó su teléfono para tomarme una foto, pero yo le pedí un minuto.
No soy de las personas que lloran frente a paisajes. Pero ese día entendí a quienes sí lo hacen. Hay vistas que te recuerdan que eres pequeño, y en lugar de asustarte, eso te tranquiliza.
Aquí la tierra cuenta su historia. Cada color es un tiempo diferente. Tú solo tienes que escuchar.
Wilber, guía quechua de Pitumarca
Me quedé en la cima cuarenta y cinco minutos. El frío era brutal — unos −3 °C con viento — pero no quería bajar. Tomé demasiadas fotos, la mayoría pésimas porque me temblaban las manos. Las mejores son las que no tomé: las que solo vi.
El regreso y lo que me llevé
La bajada fue rápida y casi festiva. El cuerpo agradece ir hacia abajo. Wilber me contó que su abuelo pastoreaba llamas en esos mismos cerros cuando Vinicunca aún estaba cubierta de nieve y nadie la conocía fuera del distrito.
Me preguntó qué me había parecido. Le dije que mejor de lo que esperaba. Me respondió que eso siempre pasa con las cosas que cuestan trabajo.
Regresé a Cusco con las rodillas doloridas, una foto de perfil nueva y la sensación clara de que hay lugares en el mundo que no se pueden describir bien. Vinicunca es uno de ellos. Por eso vine a intentarlo de todas formas.